Durante el siglo XVI, los primeros misioneros y naturalistas botánicos que llegaron a México, entre ellos el fraile Bernardino de Sahagún y el médico Francisco Hernández, quedaron perplejos ante una madera local conocida como *coatli* o palo dulce. Al sumergir esta madera en agua cristalina, el líquido se volvía de un color dorado a contraluz, pero emitía un fulgor azul eléctrico radiante cuando se observaba con luz indirecta. Este líquido causó tanto asombro que fue enviado en copas de madera fina a la realeza europea como regalo deslumbrante.
El fenómeno despertó la curiosidad de las mentes científicas más brillantes de la historia. En 1665, el erudito británico Robert Boyle analizó rigurosamente este fenómeno óptico y escribió sobre las propiedades lumínicas del *Lignum nephriticum* (nombre con el que se conoció en las boticas del Viejo Mundo a esta madera renal). Posteriormente, en 1852, sir George Gabriel Stokes utilizó precisamente extractos de esta planta para definir y acuñar formalmente por primera vez en la física moderna el concepto de 'fluorescencia'.
A pesar de siglos de estudio científico, el compuesto químico exacto responsable de este brillo permaneció como un enigma hasta finales del siglo XX. Investigadores descubrieron que se debe a una chalcona tetrahidroxilada sumamente inusual denominada matlalina, la cual experimenta una reacción fotoquímica espontánea al contacto con el agua y la luz solar, emitiendo luz azul sin emitir calor. Así, esta planta medicinal nativa de América se convirtió en la piedra angular del nacimiento de la fotobiología moderna.